Aurelio García, la bestia pop

Aurelio García, sin perder la precisión y la elegancia, construye en su pintura una reflexión pictórica con una cuota interesante de humor lisérgico y llana ironía, sabiendo que la línea que separa la solemnidad del ridículo es realmente muy frágil.

Evita y Perón, el Che Guevara, Marx y Lenin, Ceferino Namuncurá, el Cuadrado Negro de Malevich, el mingitorio de Duchamp y la mismísima Pantera Rosa son, a los ojos de Aurelio García, íconos pop, presentes en muchos de sus cuadros. También el barroco, el dadaísmo, el surrealismo y otros “ismos” son su fuente de inspiración y referencia. Dos de sus temas predilectos son la religión y la política y los puntos en común entre ambos. Ahora sí, querido lector, lo dejamos en buenas manos con este “pintor de provincias con pretensiones universales, que pinta mitos con amor y desparpajo pop.” (Aurelio García dixit).

-¿Cuándo comenzaste a acercarte al pop?

En la segunda mitad de la década del ochenta comencé a estudiar arte en Rosario, mi cuidad natal. Eran épocas difíciles para Argentina, con la hiperinflación no había disponibilidad de materiales. Los acrílicos profesionales eran muy caros. Se trabajaba con pinturas industriales, casi de desecho. Y sobre eso había toda una estética alrededor. Allí comencé a mezclar imágenes del barroco y del pop, algo así como un choque entre Velázquez y Warhol.

-Venís de una familia antiperonista…

Sí, aunque mi papá en la época de Alfonsín se volvió peronista, desde un punto de vista punk, para llevarle la contra a la gente… (Risas).

-Y en buena parte de tu obra está muy presente la iconografía peronista, toda una paradoja.

La estética peronista tiene un costado pop muy fuerte. Si uno observa una seguidilla de imágenes de aquella época, enseguida salta la ficha. Es una síntesis del arte de propaganda, el futurismo italiano y un poco de revista Billiken. También la propaganda cubana de los años sesenta es pop: hay fusiles, mapas de América, las caras del Che y Fidel, pero la imagen se parece a un afiche de un concierto del rock, es casi psicodélica. La estética de esa época, en algún punto, fue más importante que el mensaje.

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-¿Qué es lo que te atrae en particular de esta estética?

Puntualmente, me interesó siempre del peronismo y también del comunismo, sus estrategias para comunicar la grandeza de sus líderes y los valores del movimiento, insertándolos en la vida cotidiana a través de los medios de comunicación.

La estética peronista tiene un costado pop muy fuerte. Si uno observa una seguidilla de imágenes de aquella época, enseguida salta la ficha. Es una síntesis del arte de propaganda, el futurismo italiano y un poco de revista Billiken.

-¿Y cómo se insertan estas imágenes luego en tu pintura?

Al elemento pop que voy a utilizar le busco una síntesis. Y lo dibujo un poco a mano y otro poco con la computadora. Trato de buscar un proceso gráfico que resulte lo más fiel a mí pero respetando la materialidad gráfica del original. En mis pinturas han aparecido otras obras o categorías estéticas importantes del siglo veinte, como el cuadrado negro de Kasimir Malevich o el mingitorio de Marcel Duchamp. Esas imágenes son referentes, íconos, espejos, ecos, a veces son un robo literal sin ningún filtro. Esa es también la libertad que uno tiene como artista. Algo muy importante que el arte de los últimos cuarenta o cincuenta años ha logrado como “conquista social”, es el derecho a la apropiación. Siempre y cuando sea sin ánimo plagiario, claro está. Con intención de cita, como parte de una obra que uno pinta es una cosa. Ahora, si se trata de robar sin que los demás se den cuenta de dónde proviene esa imagen, ahí hablamos de otra cosa.

En mis pinturas han aparecido otras obras o categorías estéticas importantes del siglo veinte, como el cuadrado negro de Kasimir Malevich o el mingitorio de Marcel Duchamp. Esas imágenes son referentes, íconos, espejos, ecos, a veces son un robo literal sin ningún filtro.

-¿Qué puntos en común tienen la iconografía religiosa y política con las que trabajás en tu obra?

Las imágenes religiosas tienen mucho de política, poseen una carga de imposición de poder, por fuera de la fe y las creencias. La imaginería política está emparentada con la publicidad, pero también con la devoción popular. Muchas pasaron de ser imágenes políticas a ser de imágenes de culto. Una afiche con la cara de Mao de los años cincuenta vale hoy una fortuna, en términos de coleccionismo. Las imágenes políticas también tienen un costado religioso. En Argentina, Evita con su aura de mártir, la persona que se inmola por el bienestar de los demás, tiene una vuelta de tuerca que es lo que a mí me moviliza para pintar.

-¿Encontraste algún rechazo hacia tu obra?

En cuanto al arte religioso, hubo mucha curiosidad y sorpresa de parte de los espectadores. Pocos enojos y pataleos, tal vez de alguna señora gorda, alguna tía… Luego empecé a trabajar con estéticas cercanas pero con otra iconografía, pasé al Che Guevara. Sus devotos tuvieron mucha menos tolerancia que las señoras gordas. Básicamente, los chicos de la Federación Comunista de Rosario me quisieron agarrar a piñas por un cuadro que había pintado con un Che un poco afeminado con orejas de ratón Mickey. Mi intención no fue ridiculizar al Che, sino poner en evidencia que era un producto más, como una Coca Cola. Es una gráfica irresistible, reúne esa pátina de rebeldía que a todos nos encanta, toda una mística alrededor que lo transforma inevitablemente en un objeto deseable. Pero lo que es deseable es la imagen, no lo que representa.

Mi intención no fue ridiculizar al Che, sino poner en evidencia que era un producto más, como la Coca Cola.

-Hace cinco años que vivís en Bariloche y la mayoría de los artistas que viven aquí pintan paisajes ¿hay lugar para la naturaleza en tu obra?

Siempre fui un pintor urbano, nuca tuve una formación en paisajismo o naturaleza muerta ni nada que se le parezca. Pero de a poco comencé a estar pendiente del bosque, sobre todo durante la primavera cuando se van sucediendo las oleadas de colores, una capa sobre otra. El fondo verde y luego el amarillo de la retama, otra mano de violeta de los lupines, luego el rojo de los notros y así. Lo más loco es que hasta hace un tiempo, no usaba el verde en mis obras. Alguna vez, un pintor que admiraba dijo que “el verde era una porquería” y compré esa idea. Y de golpe empecé a usar el verde y esa paleta de colores de la primavera, con otras temáticas, pero utilizando esa gama. Para mi próximo trabajo es probable que aparezca alguna imagen de la montaña o algún paisaje, hecho a mi manera.

-Sé que no te llevás muy bien que digamos con el arte contemporáneo…

El arte contemporáneo, como categoría estética, ya fue! Está sobrevaluado porque hace mucho que no sorprende, es hoy el arte oficial, el que sustentan las instituciones y el poder. Las becas y el apoyo económico para los artistas pasan por ese lado. Los carriles por los cuales transita tienen que ver con cuestiones que se plantearon cincuenta años atrás, y antes también. En la década del sesenta, el arte tenía que salir del museo para plantearse en un lenguaje más cercano a la vida cotidiana, rompiendo la barrera burguesa entre un ámbito y el otro. Cuando Marcel Duchamp hizo su famoso mingitorio, implicó un escándalo, un riesgo, una revelación, porque entonces una obra de arte ya no era tal por sus valores intrínsecos, sino por una convención que se construía a su alrededor. Hoy, en el arte contemporáneo son más interesantes los procesos de legitimación que las obras. Éstas son secundarias, porque son más importantes el mecanismo y el discurso que se mueve alrededor, junto con el crítico, el museo, el espacio, el curador.

El arte contemporáneo, como categoría estética, ya fue! Está sobrevaluado porque hace mucho que no sorprende, es hoy el arte oficial, el que sustentan las instituciones y el poder.

-Danos un ejemplo.

Hace un tiempo, una amiga había hecho una obra super contemporánea, un turboventilador con cuatro plumas atadas, cuando lo prendías, las plumas se movían. Le dije a mi amiga: “Para que esta obra funcione necesita un mecanismo legitimador de primera categoría, porque esto es un ventilador con cuatro plumas pedorras”. (Risas). La ecuación sería así: cuanto más endeble es una obra y menos sentido tiene, más ortopedia legitimadora necesita.

-¿Y cuál sería una “alternativa”?

Hay que dar un paso más hacia otra cosa, quiero ver poesía de nuevo. Me interesa rescatar la autonomía de la obra. Si uno colocara la obra “Los Girasoles” de Van Gogh en una carnicería seguiría siendo tan obra de arte como si estuviera en el Louvre. Nadie lo va a confundir con otra cosa que no sea una obra de arte. Además, las galerías y museos necesitan obras que duren más de una semana y que sigan entendiéndose luego de un mes… Por eso todo el tiempo la pintura se muere y cada tanto resucita y los artistas contemporáneos salen corriendo a comprar acrílicos y un pincel, te llaman por teléfono y te preguntan: “che, ¿con qué se mezclaba el acrílico?”

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