4 libros para olvidar un poco las cenizas

En algunas ocasiones hay que inspirar profundo y armarse de paciencia. Pero si la ciudad está cubierta de ceniza volcánica, es mejor inspirar profundo dentro de casa. Como dijo Emily Dickinson, No existe mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas. ¿Qué tal aprovechar estos días en casa para transportarnos a otros lugares a través de la lectura? Por Anahí Flores

La pura realidad. Hugo Correa Luna. Editorial Losada, 2007.

Una pareja que pone toda su expectativa en un viaje que está por hacer al sur, una carta inesperada que llega días antes de la partida y un detalle extraño: la carta la firma un tal George, quien habla como si los conociera (incluso reclama que hace tiempo que no le escriben) y envía fotos de los tres juntos en Australia, pero… ellos dos nunca estuvieron en Australia ni conocen a George. Así comienza  esta novela. Cómo sigue, el lector puede averiguarlo por sí mismo.

 

 

Placebo, José María Brindisi. Editorial Entropía, 2010.

Una novela que transcurre de un tirón, sin punto y aparte, yendo de El Tigre a Buenos Aires, y dentro de Buenos Aires de un barrio a otro, en un presente que va y viene hacia el pasado de Becerra, el protagonista. Es como estar, todo el tiempo, dentro de la cabeza de Becerra, observando ese ir y venir de pensamientos y contradicciones.

 

 

 

Ya no salimos. Catón. Mansalva, 2010.

Las dos primeras nouvelles de este libro juegan alrededor del hecho de que al no salir más (de noche, de fiesta), algo cambia en la vida. En la tercera -para mí la más interesante- hay una catástrofe que destruye a todos los habitantes menos al protagonista, quien se refugia en el Hotel Faena. ¿O tal vez el protagonista está muerto, o en coma, y el relato es obra de lo que le resta de conciencia? ¿O bien es todo un artilugio para olvidar a Gina?

Tres novelas cortas con esa intimidad sin vueltas que da el uso de la primera persona y en escenarios siempre porteños, tan familiares para quienes vivimos en Buenos Aires.

 

Tutú Marambá. María Elena Walsh, Alfaguara, 2000.

Leer poemas de María Elena Walsh es olvidarse de dónde uno está, abstraerse sobre todo del tiempo, de la edad actual y aparecer, como por arte de magia, en Humahuaca junto a la vaca sabia o en un armario, en compañía de una familia de polillas muy respetuosas de la señora naftalina. Son esos poemas que, al ser leídos, se les desprende música con crujidos de tocadiscos.

Para quien ande pensando en releer a María Elena Walsh durante este año, Tutú Marambá puede ser una buenísima elección de lectura.

 

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