Nieve, frío, lluvia y rabia
En esta tanda de reseñas es mejor tener piloto y paraguas a mano, o estar dispuesto a mojarse, porque los primeros tres libros están cargados de lluvia y/o nieve. Por Anahí Flores
Nos quedamos cerca, de Tilman Rammstedt (Eterna Cadencia, 2010), es de esas novelas que, si te atrapan, son ideales para leerse durante un fin de semana lluvioso: la historia transcurre mientras llueve y hace frío. Tal vez porque no para de llover y los únicos tres personajes no salen del estado de confusión en que se metieron, no queda muy claro cuánto tiempo pasa.
Podría decirse de esta novela que es la historia de tres amantes que se reencuentran. O podría decirse que cuenta cómo un secuestro se vuelve un poderoso juego de seducción.
Pequeños hombres blancos, Patricia Ratto (Adriana Hidalgo Editora, 2006), es una novela cuya acción transcurre en un pueblito de la Patagonia, donde coexisten el frío, el viento y la nieve casi todo el tiempo (cuando no, es porque se está al calor de la salamandra). Tal vez su mayor logro sea haber conseguido hablar de épocas pesadas (años 76 y 77 en Argentina) sin caer en estereotipos que ya todos conocemos.
Ahora, uno para leer en voz alta.
Pocas cosas son mejores que despertarse un domingo temprano sin ningún apuro, y escuchar allá afuera la lluvia que cae casi silenciosa. Una lluviosa mañana de domingo, de Sooni Kim, con ilustraciones de Mia Sim (también de Adriana Hidalgo Editora, 2010), es un cuento que transcurre en ese momento en que el mundo alrededor todavía duerme y parecería que somos los únicos con los ojos abiertos.
Ideal para hacer, en vez de un cuento de las buenas noches, un cuento de los buenos días.
Y para terminar las reseñas de hoy, salgamos un poco del clima invernal de los tres libros anteriores.
Años atrás, Cortázar imaginó un oso que va por las cañerías y se asoma a nuestras casas de noche, por las canillas.
En Rabia, Sergio Bizzio (Interzona, 2005) nos cuenta la historia de un hombre que se esconde en una mansión tan grande que pasa inadvertido durante años sin que la familia que allí vive llegue siquiera a sospecharlo.
Así como después de leer el cuento de Cortázar ya no se puede estar ante una canilla de la misma forma que antes y todos los ruidos de los caños pasan a tener cara de oso, después de leer Rabia el lector desconfiará cada vez que, en su propia casa, encuentre algo fuera del lugar habitual. ¿Será que él mismo lo dejó ahí por descuido, o…?










