5 libros para irnos

Se acerca fin de año y cada vez más pensamos adónde vamos a ir en las vacaciones. O, a veces, adónde no vamos a ir. Sea cual sea la realidad de cada uno, empecemos leyendo cuatro libros que transportan a otros lados (otros planetas, continentes, países, ciudades y tiempos), y concluyamos con uno que se queda dando vueltas, de principio a fin, por un único barrio. Por Anahí Flores

Estar en tierra extranjera implica ver todo con otros ojos, ojos a veces infantiles de quien camina por primera vez por una determinada calle, o prueba un sabor hasta entonces desconocido. En Turistas, de Hebe Uhart (Adriana Hidalgo Editora 2008), hay turistas y viajeros muy diferentes, cada cual con su punto de vista del mundo. Cada cuento es una voz distinta; tal vez el que más llame la atención a un lector porteño sea el del alemán que descubre Buenos Aires y trata de entender nuestras frases y conductas que, si uno pone distancia y juega a desconocerlas, admitamos que pueden resultar bastante ilógicas.

Siempre puede haber un turista observando nuestra vida cotidiana con extrañamiento…

Ursule Mirouët lleva al lector al siglo XIX, con una historia donde aparecen sueños premonitorios, fantasmas, regresos de ultratumba, herencias disputadas y un amor novelesco entre una huérfana y un noble con deudas, de esas pasiones que se prolongan platónicamente durante años. Son más de doscientas páginas escritas por Honoré Balzac en apenas dos meses. Se pueden leer en un fin de semana en que se quiera poner distancia con los tiempos actuales (La compañía, 2011).

Si uno es el resultado de un padre y una madre, también es el resultado del lugar donde ha crecido. En El africano (Adriana Hidalgo Editora, 2009), J. M. G. Le Clézio narra su infancia en África, recordada en su vida adulta pero con las impresiones de un niño que no ve en el continente nada exótico.

Rita viaja al cosmos con Mariano, de Fabián Casas (Planta Editora, 2008) es un cuento largo de esos que un chico disfruta y un adulto mucho más. Cuando Mariano descubre que no consigue llenar su álbum de figuritas porque las “difíciles” son, en verdad, inhallables, decide ir a buscarlas lejos, donde él sospecha que están… Y así parte hacia el cosmos. Va siguiendo el rastro de las figuritas difíciles, que están todas concentradas en un planeta muy, muy lejano.

En Fernández mata a Fernández no hay un narrador que nos cuente los hechos: es como si Fernández tuviera un grabador y, adonde él va, fuera registrando su voz y la de todos los Fernández con quienes se cruza. En este nuevo libro de Federico Jeanmaire (Alfaguara 2011), todos son Fernández y el lector se siente fuera de tono si su apellido no es “Fernández”. Aunque, también, qué alivio llamarse de cualquier otra forma…

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